Ha sido una experiencia maravillosa poder sentir toda la paleta de colores de mi guitarra en una sala tan espectacular y hermosa como la Sala Iturbi del Palau de la Música de Valencia (España), con 1.800 butacas. Sonido real, sin amplificación. Así es como se disfruta plenamente de tu instrumento, sin artificios ni ayudas técnicas. Un espacio abierto donde tú creas el sonido y lo modelas como una vasija de aire en movimiento. Un auténtico disfrute para un concertista.
Para esto es esencial tomar conciencia del sentido de la proyección. Como decía Andrés Segovia, “La guitarra no suena poco, la guitarra suena lejos”. Ese es el secreto: que el contacto de tus dedos con las cuerdas sea sutil y preciso, que encontremos el espacio justo en el que la yema y la uña sean un solo cuerpo al servicio de esa “flecha sonora” en la que se convierte cada nota cuando “disparas”, como si fueras un arquero japonés. En el kyūdō, lo deseado es la acción única de expansión (nobiai) que resulta en un tiro liberado naturalmente. Cuando el espíritu y el balance del tiro son correctos, el resultado es que la flecha llega al blanco. Para mi es la expresión de nuestro ataque, cuando la técnica y la expresión van de la mano el sonido se proyecta hasta el último rincón de la sala de concierto.
Otro disfrute y muy especial del concierto en el Palau De Valencia fue la compañía de mi querido Roberto Vozmediano a la percusión. Su sentido elegante y certero del ritmo hace que la música vaya al trote, como las jacas jerezanas de pura raza. Tocar “a compás” te lleva a sentir la auténtica naturaleza de la obra, sobre todo si es música de inspiración popular, como una gran parte de nuestro repertorio. No hablo de métrica sino de ritmo. La métrica encierra, el ritmo abre las puertas para que la expresión verdadera se muestre libre de “falsos ritardandos” o de paradas impuestas por la incapacidad técnica.
To be continued….